09 mayo, 2012

mi abuela viene a visitarme


mi abuela
mi abuela, que le gustaba hacernos reír   
“¿Mi abuela viene a visitarme?” ¿Qué clase de post es ese? ¡Cualquier abuela que se precie va a visitar a sus nietos! Que sí, que sí, que tenéis razón... pero la mía lo hace también desde que está muerta. Hala, pues eso... Y que conste que mi abuela merece también que cuente tropocientas cosas de cuando estaba viva, pero como el orden de los factores no altera el producto; empezaré por el final. No el final final, ¡qué va! Que ahí sigue ella, sino por ese otro principio que empezó con su muerte.

Me cuesta ver a mi abuela joven. La miro en las escasas fotos y no la reconozco debajo de su conocida indumentaria de payesa ibicenca que usó prácticamente hasta el final, hasta una vez que la visitó un médico y al encontrarla oculta debajo de capas y capas de ropa le preguntó preocupado “si siempre llevaba todo eso.” No dijo nada más, pero ella lo interpretó como que alguna vez pudiera depender su vida de que llegaran a desvestirla a tiempo o no, y en ese momento, empezó a sentir miedo. Ahí empezó a vestir, al menos en su día a día por casa, con una bata gris como cualquier otra abuela “normal” y ella no lo era en absoluto. Tampoco lo es ahora. 

La cuestión es que miro sus fotos buscándola y no la encuentro sin todos los surcos en la cara; sin la piel transparentando infinitas venas azules; sin sus manos llenas de nudos temblando entre las nuestras. Dicen que el tiempo le da a cada uno el aspecto que se merece y ella fue ganando en dulzura con todas y cada una de sus arrugas, que no hacían más que confirmar que siempre, siempre sonreía. 

Probablemente después de aquella visita de un médico bienintencionado empezó a morir mi abuela. Lo fácil sería pensar que empezó a temer la muerte a medida que veía que se acercaba, pero estoy convencida de que el proceso fue exactamente el contrario y cuando dejó que la invadiera el miedo, empezó a morir en picado, porque mi abuela hasta entonces, era inmortal. En este punto tengo que hacer una aclaración y es que para mí, no hay una gran diferencia entre la muerte y la vida. No concibo lo uno sin lo otro y podría tranquilamente estar en una discusión contigo a mi derecha defendiendo si hay vida tras la muerte, y con otra persona a mi izquierda defendiendo que la muerte es el final de la vida y no podría más que daros la razón a los dos y a lo mejor, traeros un vino (a mi abuela le gustaba tanto el vino). Creo que en general, la vida se tiene idealizada en demasía y a la muerte se la relega a un injusto lugar a sabiendas, que lo único que es verdaderamente cierto si vives, es que vas a morir.

Y mi abuela, para una vez que la vimos mostrar miedo a algo, resulta que fue a morir y claro; tuvo razón y acabó muriendo... Ahí andábamos en fila todos los que la conocíamos yendo a visitarla y el mundo un poco, se nos desmoronaba, porque costaba imaginar un mundo en el que ella no estuviera... Y ella decía llorando “me estoy muriendo” y oía a sus hijos con lágrimas decirle cosas del tipo “claro que no, tú nos enterrarás a todos” y cuando me encontré sus manos menudas entre las mías y me dijo con sus preciosos ojos azules “me estoy muriendo”, la abracé y le dije “sí, pero no pasa nada” sin piedad porque me pareció que lo que pedían sus ojos era más que piedad, apoyo. Y ya no la vi nunca más... No hasta tiempo después de su muerte.

No estuve en su funeral. Fui la única de aquella larga familia. Yo era la única que vivía fuera de nuestra Ibiza y quería verla, pero viva (eso me decía por aquel entonces), y por eso me había desplazado unos días antes y el día de su muerte y de su funeral, yo ya estaba de vuelta y por descontado, envuelta en trabajo, trabajo, trabajo y sin embargo... algo dentro de mí no estaba conforme y busqué desesperadamente un billete de avión para volver, porque era en Ibiza, en su entierro, donde quería estar. No lo logré. Fui la única que no estuvo. Incluso nuestro primo, aquel que está en la cárcel, estuvo escoltado por policías, porque claro que le dieron un permiso:  hasta en aquella cárcel de Ibiza conocían a mi abuela porque iba a visitarlo. A todos: mi abuela nos cuidaba a todos y (qué suerte), aún lo sigue haciendo.

Aún no os he dicho (y es MUY importante), que por descontado, no creáis una sola palabra de lo que os cuento, ¿cómo podríais dar credibilidad a las visitas de una persona muerta? ¿Qué es esto? ¿Fantasmas? Por favor... Aunque a fin de cuentas, las cosas no tienen por qué ser siempre verdad o mentira, ni todo lo contrario; permíteme que para mí sea verdad una mentira que me cuentes si en un momento determinado me apetece creerla, ¿me concedes ese pequeño favor? Y al contrario, déjame que un día porque sí, sin venir a cuento, no me crea lo que me explicas con datos y argumentos si no siento la pasión en tus ojos (o en tus letras) aunque, te advierto: cada vez creo cosas más y más raras. Por ejemplo, creo... ¡No! Sé, que mi abuela me visita.

No recuerdo cuando fue la primera vez. Seguramente al principio, debí confundirlo con sueños porque las personas racionales funcionamos así: vivimos las experiencias más interesantes, ¡logramos todo! Pero al despertar por la mañana lo arruinamos y nos decimos “bah, ha sido sólo un sueño” así que probablemente eso debí pensar de aquellas primeras incursiones de mi abuela de modo que ella, fue empleándose cada vez más a fondo. Para que lo entendáis, pongamos que estaba yo, así por poner un ejemplo, manteniendo (o intentando mantener) un sueño, qué sé yo... ¡erótico! Con algún guapo actor que me llenaba de románticas atenciones y escuchaba con admiración todas mis historias mientras decía: “Pilar, eres la mujer más increíble que he conocido jamás y -añadía el guapo actor- tienes el cuerpo más perfecto que he visto”, y además, pongamos que ese sueño fuera en blanco y negro (que a veces pasa). Pues cuando estaba a punto de llevarme al actor al huerto, pero haciéndole creer que había sido idea suya y todo, aparecía mi abuela por delante, y en pleno color. 

Quiero que entendáis el punto. Mi abuela no participaba en ese sueño claramente para dos, sino que lo interrumpía y mirad que la quiero y me alegro de verla y todo eso, pero daban ganas de decirle “jopé, abuela, ¿justamente ahora? Anda, vente mañana y hablamos” y ella ¡me contestaba! “Es que quiero que le digas una cosa a...” Por ejemplo, a mi prima Pi (con la que comparto hasta nombre y nos separan veinte días y unas poquísimas millas marítimas) y claro, al levantarme llamaba a mi prima algo mosca con ella y le decía:

-¿A qué no sabes quién ha aparecido esta noche en mitad de mi sueño?
-¿Quién? ¿Aquel actor tan guapo?
-También, pero no; me estaba refiriendo a la abuela.
-¡Ay, va! ¡No me digas! En el mío también.
-¿Ah, sí? ¿Y qué te ha dicho?
-Uy, pues no me acuerdo.... No estaba muy atenta.
-Jo, pues por eso ha venido al mío. Por tú culpa, porque tú no te enterabas. Me ha dicho que te diga tal cosa.

Pero por supuesto, pasaron más cosas... Estábamos una vez Pi y yo con otro primo nuestro; ahí, los tres juntos y revueltos celebrando que cumplíamos cuarenta años a cual más estupendo y él, después de algunos vinos, se puso trascendental y nos dijo:

-Voy a contaros algo, que a vosotras sí puedo deciros... Seguramente no me creáis pero... La abuela viene a verme en sueños.

Y ahí ya, Pi y yo muertas de risa, porque "jartitas" estábamos de esas visitas de la abuela.

Lo más curioso era que ninguno decía “he soñado con”, no, no... ¡viene a vernos! Y además, por alguna curiosa razón, suele darnos mensajes de los unos a los otros, ¡como si no supiera que nosotros sí funcionamos con whatsapp y Facebook y demás! Pero ya he dicho al principio que mi abuela nunca fue ni será normal.

Un día estaba mi prima Pi dando besos de buenas noches a sus montones de hijas repartidas por dormitorios cuando le preguntó a una de las canijas que por qué cerraba la puerta del dormitorio y la criatura contestó: “pero si no soy yo. Es la señora de la foto” señalando el retrato de la bisabuela que no llegó a conocer, pero a nosotras, que sí la conocimos, nos pega el asunto... Dijo que viene a verla y le da un beso y después, cierra la puerta.

Y ahora un caso digno del mismísimo Iker Jiménez. Hará un año, más o menos, cuando la crisis me pegó con un palo en las piernas (a la altura de los gemelos que no veas como duele), y yo me encontraba con aquello de que mis clientes se enfrentaban a recortes en los que claro, salía muy afectada; algunos se declaraban en quiebra, otros, que simplemente no podían hacer frente a los pagos pendientes que mantenían conmigo y que por supuestísimo, yo había tenido que adelantar sin tener forma humana de hacerlo... cuando todo se hizo tan complicado que me encontré a solas conmigo misma preguntándome “¿y qué hago yo ahora? Si todo lo que sé hacer es trabajar” y mientras a mi alrededor, la gente me pedía trabajo y veía tantas crisis personales que se podrían amortiguar si pudiera darles aunque fuera un poco...

Nada “solo mío”, como veis. Nada nuevo... Solo dinero y trabajo, pero me encontraba perdida; absolutamente perdida y una noche, mi precioso hijo Mario me pidió dormir conmigo y como cuando cruzan la adolescencia, cada vez son más escasas las ocasiones de que lo hagan; aunque hubiera preferido llorar a solas, le dije que por supuesto, sí, y él dormía, precioso es su habitual charquito de babas y yo mientras, era incapaz de dormir. 

Mi cabeza no paraba quieta, estaba incómoda. Buscaba planes B y luego C y D y E. Me giraba, me daba la vuelta, bebía agua, iba al baño, volvía a la cama y vuelta a empezar. Tenía calor, abría la ventana; pensaba que Mario tendría frío y me levantaba para cerrarla y vuelta de nuevo. Miraba la hora; las dos, las tres... tenía calor y la enésima vez que me levanté, sin más ropa puesta que unas bragas a abrir la ventana; en cuanto empecé el simple movimiento de deslizar una hoja corredera de la ventaba sobre la otra, la ventana opuso resistencia. No es que estuviera dura o atascada ¡qué va! Es que mientras yo intentaba abrirla, la ventana intentaba cerrarse. Tal cual suena, y ¿sabéis qué hice? ¿Gritar asustada? ¿Pelearme con una ventana? No. Me rendí. Dije: “está bien, Universo, ¿qué más quieres de mí? ¿Qué me arruine, que cierre la empresa, que pase calor? No hay problema, pues pasaré calor...” Y en ese punto, el Universo no me contestó, o al menos, no lo hizo con palabras, pero me sujetó por debajo de los brazos y me levantó en volandas hasta el techo de mi cuarto. 

¿Qué hice entonces? ¿Gritar? En absoluto. Me rendí. Dije: “Está bien. No puedo abrir la ventana y ahora encima quieres que vuele.” Y en ese momento, algo me llevó volando a una velocidad supersónica (bueno, tengo que calcular cuánto es la velocidad supersónica pero fue muy muy rápido) y apenas me dio tiempo a mirar a Mario que seguía durmiendo plácidamente y a agachar la cabeza para no darme con el arco de la puerta. Giré por el aire, crucé a gran velocidad el pasillo y de nuevo casi no me da tiempo a agacharme para esquivar el arco que hay justo en la mitad. Crucé mi cocina y ya al llegar al murete que separa ésta del salón, bajé de velocidad y suavemente me depositó (lo que fuera que me transportaba), despacio en uno de mis sofás... ¿qué podía hacer yo entonces? ¿Me iba a poner a gritar con todo lo que había aguantado? Bah. Solo dije: “Pues, vale, muy bien. No puedo dormir, no puedo abrir la ventana... Nada, pues aquí me quedo: en el sofá...” 

Entonces, en cuanto mi vista se acostumbró a la penumbra del salón, descubrí, delante de mí, en medio de mi alfombra... a mi abuela. Tampoco grité entonces, qué va.... Me levanté, ya llorando a moco tendido a abrazarla, solo con unas bragas puestas (y me consta que no me lo tiene en cuenta) y me abrazó. Es tan menudita (poco más grande que un gorrión), que tuve que agacharme mucho, pero algo tiene su abrazo que es siempre grande. 

No me dijo nada. Ni una sola palabra. No me reveló los números que iban a salir en la lotería. No me dijo dónde había enterrado un tesoro. No me dijo que estuviera tranquila porque la crisis iba a pasar o que me dedicara a escribir, que es lo mío. Nada. Ni una sola palabra... solo me abrazó mucho rato y para cuando me sentí tranquila, se fue desvaneciendo y de repente estaba abrazando aire en medio de la alfombra que está en medio de mi salón, en medio de la noche. Miré la hora: casi las cinco. Me pareció muy temprano para llamar a mi madre por teléfono y contarle “lo que había hecho su madre esta vez”, así que le dije al Universo “Bueno, ¿y ahora qué?” Y como no obtuve respuesta... pues me fui a la cama y me dormí.


expediente x
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6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias. Lo he contado en tono de humor (lo del sueño erótico es broma), pero hago caso de las cosas que me dice y me emociona, tanto que lo que sí es verdad es que en cuanto amanece llamo a todo el mundo para contárselo y me dicen cosas de esas, como mi madre de "Bueeeeno, sí, es verdaaad que era taaaan buena que de algún modo la sentimos entre nosotros" y yo casi le gritaría "¿qué 'la sentimos'?! ¿No me has escuchado? ¡Qué estaba en mi alfombra!!!!"

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  2. Tierra llamando a la abuela, Tierra llamando a la abuela, que lo de los números de la lotería... así entre tú y yo... se agradecería ;) que esta basta familia nuestra "te de forats per omplir...!"

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