09 noviembre, 2014

Tal día como hoy

Anís de la Asturiana, su presencia siempre agrada
Contraportada de ABC 9 de noviembre de 1993
Ya me conoces y de todo monto una historia. Con lo fácil que sería decirte: feliz cumpleaños, te quiero más que a mi vida, más que al aire, el mar y las nubes juntos. Te quiero hasta la luna y volver, hasta el infinito y más allá... ¿Ves? Ya estoy montando una historia...


La cuestión es que llevo bien que seáis tan altos y guapos los tres, te lo prometo. Lo que llevo un poquitito peor es no estar un poquitito ahí en estos momentos. No mucho, no te vayas a pensar ¡que tampoco es plan agobiarnos! Pero amanecer y abrazarnos un rato... son vitaminas que no se venden en ninguna farmacia. Yo, que pensaba que estaba ya curada de nostalgias y me despierto en tu veintiún cumpleaños con unas ganas voraces de llamaros al grito de "¡Reunión, reunión!" y veros aparecer a todos corriendo tras la puerta, saltar a mi cama buscando el mejor sitio agarrados a mí para escuchar una historia: "Cuéntame cuando me caí en Marruecos", "Cuéntame cuando comí un gusano", "Cuéntame cuando comí matacucarachas" (porque tú has sido siempre de comer barbaridades). "¡Cuéntame cuando nací!"y hoy, puntualmente nombrado el Príncipe del Día, te habría contado tu llegada al mundo. Por favor, déjame hacerlo desde las letras...

Resulta que hace veintiún años (tú aún no habías nacido pero te quedaba "ésto"), los antiguos Reyes de España estaban de visita oficial en Jerusalén, lo cuál no acababa de ser visita del todo pues entre sus distintos títulos históricos ostentaba el de Rey de Jerusalén. Mientras, en Madrid buscaban el modo de traer los restos de la Reina doña María de las Mercedes a quien debían el contar con el Palacio de la Almudena. Felipe González descartaba un pacto con el PP y apuntaba hacia CiU. Argentaria te prometía hacerte rico a base de comprar sus acciones desde 25.000 pesetas. Estados Unidos se oponía a que Corea desarrollara la bomba atómica. En la vecina Inglaterra, una tormenta anunciaba el inminente divorcio de los duques de York mientras la princesa Diana de Inglaterra se querellaba contra el diario que publicó fotos de ella tranquilamente practicando deporte en un gimnasio y también con el gimnasio (aquella mujer tuvo muy mala vida). En un museo en Estocolmo temblaban ante el robo de seis obras de Picasso mientras el juez interrogaba más de diez horas a los detenidos por el secuestro de Olot. Renault sacaba toda su potencia al nuevo 19 S Turbo, encima, con motor diesel (mucho más económica, por aquel entonces, que la gasolina) y Cruyff anunciaba que tampoco en Tenerife contaba con Zubizarreta como titular. En el cine estrenaban "Algo para recordar" (ay, qué bonita es esa peli) y, por cierto, la entrada costaba 400 pesetas mientras el pollo estaba de oferta en Pryca a 195 y entrabas en el sorteo de 5 Peugeot 106 XN de cuatro velocidades.

Y ahí estaba yo, embarazada de casi nueve meses y medio porque tú parecías tan cómodo entre mis caderas que no mostrabas intención de salir. Te había estado poniendo música irlandesa de un grupo al que conocí tocando en las calles de York (de donde eran los duques que se iban a divorciar, ¿recuerdas?). Era un cassette que me encantaba porque sonaba con la misma claridad que el violín y la flauta, el aire que tomaban al respirar. Cuando decidí con premeditación y alevosía buscar una melodía con la que calmarte, fue la elegida y cada tarde a la misma hora, te la ponía mientras aún vivías dentro de mí. Sabes que seguí haciéndolo mucho tiempo después.

Habían estado haciéndome pruebas para ver si era necesario provocar el parto pero yo, que ya por aquel entonces, era "anti provocar" casi cualquier cosa, creía que serías lo bastante listo para saber cuándo nacer y si todo marchaba bien por dentro, quería que fuerais tú y la naturaleza y no las drogas los de marcar cuál sería el día de tu nacimiento.

Esperaba aquellos dolores insoportables del parto de tu hermana y nunca llegaron. Ni uno solo. Sin embargo, cualquier sensación extraña ya me tenía en alerta y empecé a cronometrar aquello que llamé "aquello" porque no era nada más. "Aquello", "un algo"... Ni siquiera hubiera sido digno de mención de no ser por la repetición en ciclos cada vez más seguidos.

Era de madrugada, pero con el reloj en la mano me duché, vestí a tu hermana y sólo después desperté a tu padre que me reprochaba que íbamos a hacer el ridículo porque yo "estaba bien". Nos marchamos empujando el coche con el motor apagado hasta el final de la calle para que los vecinos no nos vieran irnos y luego volver con la misma barriga de antes y por el camino me repetía que no estaba de parto como si él lo hubiera estado alguna vez. Yo llevaba a Diana de siete años en brazos y aún en el hospital, tuve la amabilidad de dejar pasar antes que yo a otras mujeres que llegaban dando gritos. A las nueve y treinta y seis minutos de la mañana ingresé ante las dudas del personal de admisión que se disiparon cuando les rompí aguas allí mismo. Inmediatamente un médico muy guapo aparecido de la nada me tomó en brazos (siempre me arrepiento de no haber prolongado aquel momento un poco más) y a las nueve y cuarenta minutos , tan sólo cuatro minutos después de saludar a las enfermeras, estabas allí, sin que hubiera dado tiempo siquiera a que me desvistiera. No lloraste más que un instante y tenías un ligero aspecto de rinoceronte que me encantaba. 

Continuaste siendo buena persona muchos años más e incluso, cuando estabas nervioso, era capaz de reconocer algún rasgo del rinoceronte aquel en tu gesto tenso. 

Tu padre estaba en la recepción dando datos míos cuando los médicos le interrumpieron para preguntar si era pariente mío y mostrarle a mi hijo recién nacido y él siempre contó que apenas te miró de reojo mientras les explicaba que era un error porque yo acababa de entrar. Además, le pareciste algo negro. Ya ves lo que son las cosas...

Y eso es todo. Apenas nada, ¿verdad? ¿Cuántos nacimientos debió haber aquel día, en aquel hospital de Palma, en Mallorca, en España y en el mundo entero? Y el inicio de "tu historia" aparentemente mínima, ¿para cuántas personas fue realmente importante? Una docena de un modo directo y estirando estirando, quizá para cien personas. Nada que mereciera siquiera un párrafo en una página de los miles de periódicos publicados y, ya ves, te prometo que sin embargo fuiste el acontecimiento más maravilloso que tuvo lugar, no sólo aquel día, sino los siete mil seiscientos setenta días que vinieron después. Por lo menos, por lo menos... para mí.

Y hoy no podré darte un beso en persona (te mereces mil), pero te lo dejo aquí colgado en la red, para que lo encuentres siempre que lo necesites. Te quiero y te querré siempre más que a mi vida, más que al aire, el mar y las nubes juntos.



Pilar Ruiz Costa




Pilar Ruiz Costa, Óscar, Space



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